miércoles, 16 de marzo de 2011

El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez

No sé si aprecié realmente este libro cuando lo leí. Estaba en el colegio, en tercero o cuarto medio, descubriendo la magia del realismo mágico de García Márquez y me pareció una de las historias más románticas de la vida. Que Florentino esperara a Fermina durante 53 años, no podía ser más que amor.

Hoy no pienso lo mismo. Hoy se me ocurre que quizá Florentino tuvo miedo de conocer de verdad a otra, que Fermina fue mucho más feliz de lo que esperaba y que claro, quizá el encuentro tenía que ser a los setenta años, no a los veinte. ¿Lo habría querido ella, siempre elegante, si él hubiera seguido siendo telegrafista? ¿Habría podido pasar él el tiempo sin esas 622 mujeres? Ni Florentino ni Fermina hubieran sido los mismos que después de tanto partieron de viaje en un barco vacío.

Si algo he aprendido, es que el amor se construye todos los días. Que las ilusiones no son más que ilusiones. Que sólo conocemos a las personas con quienes compartimos la vida. Y a veces ni siquiera. Conocernos a nosotros mismos ya resulta suficientemente complejo.

Al final, lo que quiero decir es que "El amor en los tiempos del cólera" puede ser un libro de esperas, de sueños, de magia, de locura, de cuerpos viejos y espíritus jóvenes, de experiencias y cartas. Pero no es un libro de amor. Hoy, eso lo tengo claro.

lunes, 14 de marzo de 2011

(500) days of Summer, dirigida por Marc Webb

Espero me perdonarán que escriba de películas de repente en un blog de libros, pero es un hábito que pienso adoptar.


Desde la primera vez que la vi, (500) days of Summer se convirtió en una de mis películas preferidas. Entiendo a Summer. Sé que es egoísta y egocéntrica, y que no tiene la capacidad de ver más allá de sí misma, pero me atrevo a pensar que no es su culpa. La vida le ha enseñado que nada es para siempre, y ante eso lo más fácil - lo más seguro, lo más lógico - es mantener distancia, sin importar quiénes queden golpeados en el camino. 

No soy tan bonita como ella, ni tengo ese estilo alternativo sesentero (a pesar de que inspiró mi corte de chasquilla), pero no puedo dejar de sentirme identificada con su personaje. Las desilusiones y los golpes, y sobre todo la soledad, convierten a las mujeres en frías, ajenas y un poco inmunes a los dolores de cualquiera que no sean ellas mismas. Que me quieran no implica nada. Me pueden dejar de querer mañana y, ante eso, mejor me guardo mis emociones. Lo paso bien, me río y me olvido. Hasta que llega una persona que lo cambia todo.

Si Summer no se queda con Tom no es porque él no sea un buen hombre, ni porque ella sea una mala mujer. Es porque no nacieron para estar juntos. Summer es capaz de amar profundamente - a otro, claro, pero es capaz - y Tom sale de la inercia en que llevaba sumido varios años y decide forjar su propio camino. Con eso debiera bastar para entender que ciertas personas aparecen en las vidas de otras sólo para que puedan darse cuenta de lo que 
en realidad les hace falta. Nada más.

"Look, I know you think she was the one, but I don't. Now, I think you're just remembering the good stuff. Next time you look back, I, uh, I really think you should look again".
Rachel Hansen.

miércoles, 9 de marzo de 2011

La isla bajo el mar, de Isabel Allende

Había dejado de leer a Isabel Allende hace varios años, cuando "La ciudad de las bestias" se sumó a otras decepciones varias, como "La casa de los espíritus", "El plan infinito" y "La hija de la fortuna". Lo que pasa es que cuando me prestan un libro, yo lo leo. Siempre. Y éste fue el caso.

"La isla bajo el mar" me entretuvo, pero nada más. No sentí compasión por los esclavos torturados, ni pena por los personajes muertos, ni siquiera inquietud por el futuro de la familia desintegrada que protagoniza la historia. Me pareció superficial. Lleno de lugares comunes. Como si la autora hubiera querido abarcarlo todo - la esclavitud, las torturas, las vicisitudes de la vida, la política, la emancipación, la sociedad, las colonias francesas, inglesas y norteamericanas - y no hubiera alcanzado más que a dar un montón de pincelazos en más de quinientas páginas.

Eso con "La isla bajo el mar". Ni bueno ni malo, porque creo que cada quien tiene derecho a leer lo que se le dé la gana y a catalogarlo como quiera. Pero confirma que no me arrepiento de haberme mantenido alejada de la autora. Para mí, sigue sin tener ni un brillo.

viernes, 25 de febrero de 2011

Orgullo y prejuicio, de Jane Austen

Siempre he sido romántica. A pesar de que pasé gran parte de mi adolescencia (y quizá un poco más) soñando con convertirme en la versión mejorada de la mujer moderna a la que no le gustan los caballeros ni las rosas, al final ganó la ilusión más de una vez. Y eso que nunca había leído a Jane Austen. Estaba segura de que la iba a encontrar demasiado mamona, pasada de época, fome. Pero no podría haberme equivocado más.

Amé a Jane Austen. Sus descripciones de la sociedad inglesa son alucinantes, expresa las emociones tan detallada y simplemente que es imposible no conocer de verdad a los protagonistas de las historias y anhelar pertenecer a esa época donde el amor se sentía tan intenso y tan de lejos. En particular, me gustaron Elizabeth y Darcy, y la intrincada red de acontecimientos que los guían en su relación durante todo el libro. No se trata sólo de una historia de amor tonta y sin sentido. Se trata de peleas familiares, problemas cotidianos, reconciliaciones y afectos que no tienen nada que ver con el siglo en que se viva. Existen siempre.

Leer "Orgullo y prejucio" me hizo sentir profundamente. Me dio pena y risa, ganas de reencantarme con los bordados y las pinturas, de volver a crear, a escribir, de andar a caballo por el bosque, de mirar la lluvia por la ventana suspirando. Doy gracias a Austen por ese respiro de inocencia y paz que tanta falta me hacía.

jueves, 24 de febrero de 2011

Mil grullas, de Yasunari Kawabata

A veces el tiempo pasa demasiado rápido. A veces los libros también.


En mi despedida, la Maga y la Nacha me regalaron "Mil Grullas". Nunca había leído a Kawabata, lo leí recién llegada al sur, y me gustó. Tiene eso de dejar los finales abiertos y las historias a medio contar, y de mezclar realidad y fantasía que hace que no pueda describir de qué se trata - ¿amor, nostalgia, odio, rencor, venganza? - porque quizá se trata de todo un poco.

Me hubiera gustado poder leer más tiempo la misma novela. Que no se acabara tan rápido. Mi vida ha dado de nuevo un giro importante, y me hace falta la certeza de que algunas cosas se mantienen. Que no todo cambia siempre. En otra casa, de otra ciudad, sin un trabajo estable todavía, sin conocer a nadie, sólo tengo a mi novio. Los días que me quedo sola, leo un poco y camino mucho. Miro el lago y los volcanes y sé que están ahí desde antes que yo llegara y ahí van a seguir después de que yo me vaya.

Supongo que de eso se trata la vida.

jueves, 10 de febrero de 2011

Papelucho, de Marcela Paz

Hoy me despedí de Santiago. Anduve en micro hasta Vicuña Mackenna, caminé por el Parque Forestal, me tomé un helado de miel de ulmo en el Emporio La Rosa y cuando llegué a Lastarria compré un Papelucho usado, bien viejo. Una edición de 1986 que era de Paula Gatica A. O por lo menos eso dice en la primera página, en lápiz azul con letras redondas.

Los libros de Marcela Paz deben haber sido los primeros que leí en mi vida. Todavía hay frases notables de algunos que me sé de memoria, como el principio de Papelucho en la clínica - "Por culpa de Casimiro casi muero" - o parte de mi hermana Ji - "Antes, cuando era chico, quería tener una hermana menor para poder mandarla. Pero ahora que la tengo me arrepiento". Papelucho hacía y decía cosas divertidas, hablaba un poco raro y me gustaba (me gusta) por su estilo sencillo y directo.

Hoy caminé desde Seminario hasta Lyon por Providencia, con lluvia y música, pensando en que hay tantas cosas que quizá no voy a hacer nunca más. Entré al café literario, me subí a mi árbol preferido y miré mucho rato el departamento donde viví tanto tiempo y tantas cosas. La nostalgia es tan tonta y tan mía. Tan inevitable ahora. Por eso compré Papelucho. Por eso lo voy a releer, y de hecho, lo releo mientras escribo. Porque si algo me ha enseñado la vida es que lo bueno hay que repetirlo todas las veces que se pueda.

jueves, 3 de febrero de 2011

Mala onda, de Alberto Fuguet

He leído harto a Fuguet, en distintos momentos de mi vida. A veces me ha gustado, a veces no. Pero hoy en la micro venía pensando en qué voy a echar de menos de Santiago, la ciudad que me vio nacer y crecer, y me acordé de este libro.

Puede que Santiago sea esencialmente un lugar mala onda. Las personas no se saludan en la calle, se empujan en lugar de hacer fila y apenas pueden atacan a las promotoras para que les regalen cualquier cosa. Está lleno de edificios y de autos y de tacos. Pero hay detalles de Santiago que me encantan. El parque forestal, por ejemplo. El árbol que quedaba justo frente a mi departamento en Providencia al que me podía subir a escuchar música y llorar. El café Mosqueto. El Patio. Las galerías de libros usados entre Manuel Montt y Salvador. El centro. El cine arte Alameda.

Cuando leí Mala Onda la primera vez debo haber tenido trece años y me cargó. Lo releí mucho después, a los veinte, y me encantó. De hecho, me gustó tanto que empecé a buscar el City Hotel sólo para ver la fachada. Eran las once de la mañana cuando lo encontré y no me dejaron entrar al bar. Después desapareció.

Al final, sólo escribí de este libro para poder escribir de Santiago. Algo. Lo que pienso a tan poco tiempo de partir.